XVII Festival
Internacional de
Fotografía de
Valparaíso

24o c t
31o c t

¿Dónde estáValparaíso?

Texto curatorial

Nicolás Eyzaguirre Bravo

¿Dónde está Valparaíso? He tratado de hacerle esa pregunta a otras personas y nadie me ha dicho lo que yo pensaba que me iban a responder, algo como: “En el océano Pacífico”, o “En Chile, en América del sur”. Toda la gente entiende que es como: “Chuta, ¿dónde está? Está mal... la gente se va hacia la idea de a dónde fuimos a parar”.

Me gusta la pregunta porque obliga a situarse. Las artes hoy están muy metidas en esta idea del pensamiento situado, de las prácticas de sitio. Yo, desde el teatro, trabajo en algo que se le puede llamar sitio específico.

Para mí el sitio específico en el teatro tiene que ver con entender el espacio como un sujeto y no como un decorado. El teatro sale de la sala y se hace en un lugar real. Salimos de este laboratorio negro donde todos los factores están bajo nuestro control: la iluminación, el sonido, la entrada y salida de los cuerpos, la escena.

Cuando salimos de la sala pasa algo muy interesante, porque aparecen un montón de elementos que participan de la escena y que no son seleccionados ni controlados por nosotros. Si decidimos hacer teatro en una esquina, por ejemplo, va a parar una micro, se va a bajar un vendedor, puede haber un accidente, va a pasar un ambulante, puede haber una pelea. Lo que nosotros hagamos va a afectar eso y, al mismo tiempo, va a ser afectado por eso. Eso nos obliga a cambiar nuestra posición como artistas. Dejamos de ser quienes trabajan en un espacio completamente controlado, inmaculado, para entrar en un espacio lleno de contingencias, de cuerpos, de acontecimientos.

Empieza entonces a producirse un contagio: lo que yo traje es modificado por lo que encontré, y lo que encontré es modificado por lo que yo traje.

Eso me parece atractivo como primer punto para acercarme al trabajo del FIFV. Nuestra obra no consiste necesariamente en ejecutar aquello que tenemos pensado y planificado, sino en ponernos en relación con algo. Nuestro impulso creativo es la posibilidad de encontrarnos con la otredad, con algo distinto, con algo que nos modifique. Este ejercicio compartido tiene que ver con salir del estudio fotográfico hacia la calle, y también con lo que se ha ido provocando durante años en el festival y su devenir en la ciudad, las exposiciones, el trabajo de las brigadas fotográficas, las residencias de creación artística, Imagen Salvaje.

Según Rodrigo Gómez Rovira, director del FIFV, con quien conversamos para crear este texto, “el acto fotográfico es una relación con algo que está en movimiento, tanto afuera como adentro del autor o de la autora. Hay un momento en que todo eso interactúa y el acto fotográfico es como un grito que recoge todos esos movimientos”.

Al parecer, el acto fotográfico ocurre cuando ese adentro y ese afuera se encuentran. Algo que está pasando en el mundo interior resuena con algo que está afuera, o viceversa.

Voy a agarrarme de esta idea de aquello que está entre el adentro y el afuera para volver a la pregunta ¿Dónde está Valparaíso? Porque precisamente para mí Valparaíso se encuentra en este intersticio.

Traté de pensarlo haciendo dos líneas...

Primero dibujé una línea horizontal, que para mí representa el afuera: el horizonte, el mar, nuestra condición oceánica.

La otra línea la dibujé en zig zag, como los cerros. Una línea hecha de pendientes y diagonales que curiosamente recibe el nombre técnico de línea quebrada.

Entonces empecé a pensar situando a la ciudad entre estos dos polos: el afuera, que es el horizonte, y el adentro, que es nuestra intimidad, las quebradas...

El horizonte pareciera un límite abierto donde se despliega el mundo. Es, de alguna forma, por donde llegó el futuro, por donde llegó la primera cámara. También es el lugar desde donde esperamos que alguien vuelva y desde donde despedimos a quienes parten.

Es por donde ha llegado la llamada civilización, entre muchas comillas, y desde donde vino la construcción de la ciudad: los ascensores, los muros de contención, la expansión del plan que fue ganándole terreno al mar.

Pero esto que se construye, este futuro, ha tenido múltiples accidentes en la historia. Partiendo por el cataclismo de 1906, en que se derrumbó y quemó la mitad de la ciudad, dejando en evidencia que todas estas edificaciones, toda esta civilización, todo este futuro, no es incólume. Algunos años después vino el golpe definitivo con la apertura del Canal de Panamá. Los barcos disminuyeron drásticamente su paso por el puerto y a partir de ahí comenzó una suerte de declive permanente.

Es como si el horizonte se hubiese ladeado dejando a la ciudad en pendiente. Y en ese movimiento emergen otros conceptos que ya no son la construcción y el orden que plantea el horizonte, el futuro y la hegemonía cultural europea, sino que tienen más que ver con el abandono y el caos.

Creo también que el horizonte, y el hecho de que seamos un destino que constantemente está recibiendo personas desde afuera, ha creado una suerte de ciudad autorreferente o muy autoconsciente. Un Valparaíso narciso que habla todo el tiempo de sí mismo. No es gratuito que el festival nos provoque con esta pregunta sobre la ciudad. Es como si esa línea del horizonte y esta otredad que viene desde fuera fuesen un gran espejo en el cual se revela una imagen de la ciudad, un reflejo en el que podemos vernos. Porque cuando estamos con un otro es cuando más fácil nos es identificarnos o generar esa diferencia. Entonces me parece que hay algo llamativo ahí entre la posibilidad de individuarnos al vernos en el espejo oceánico y, por otro lado, la de confundirnos y ser parte del todo en la quebrada.

Como contrapunto a la idea del horizonte como futuro, parecería que en las quebradas se guarda nuestro pasado, nuestro origen. En ellas surge la vida. Como cuando entre dos baldosas en el baño el moho aparece porque nadie ha limpiado, la vegetación surge entre casas y escaleras abandonadas.

Esta idea de quebrada la asocio a un concepto llamado el Tercer Paisaje, del paisajista Gilles Clément. Según él existen tres tipos de paisajes. El primero sería una reserva. Un lugar reconocido por su riqueza natural, cuyo objetivo es conservarlo sin intervención humana. El segundo, un espacio productivo, como un predio agrícola, por ejemplo. Un lugar intervenido constantemente por el ser humano que valoramos por su capacidad de producir.

Y el tercero, que él denomina Tercer Paisaje, que es un lugar que fue intervenido por el ser humano, luego abandonado y posteriormente tomado por la naturaleza. Para mí, Valparaíso —o al menos el Valparaíso de la línea quebrada— se parece mucho a un tercer paisaje.

Un ejemplo que me encanta es el Ascensor Florida, que está literalmente comido por las plantas. Es un lugar que levanta la pregunta: ¿qué pasaría si los humanos desaparecieran? Valparaíso nos hace pensar en eso, sobre todo ahora que estamos tan atravesados por imaginarios apocalípticos, por amenazas nucleares y por esta sensación permanente de que las civilizaciones podrían acabarse. A veces pienso que basta con ir a sentarse en las quebradas para entender que la naturaleza no tendría mayor problema en tomarse todo.

En su estudio, el autor identifica que el relieve, en nuestro caso las quebradas, contribuye a la extensión del tercer paisaje, porque en un terreno plano todo es más fácil hacerlo productivo. Dice además que un tercer paisaje es un lugar dinámico, lleno de especies nuevas que cambian constantemente. Primero llegan las pioneras traídas por el viento o por los pájaros. Hierbas oportunistas, líquenes y musgos que aportan creando sustrato. Luego las intermedias, como arbustos y matorrales. Para crear las condiciones necesarias para el nacimiento de un árbol tienen que haber pasado cientos de especies antes.

Al no existir control humano estos espacios permiten que la naturaleza interactúe libremente permitiendo la mayor diversidad biológica que podamos encontrar en cualquier paisaje del planeta, una mezcla de especies locales, exóticas y espontáneas.

Entonces podemos afirmar que esta línea quebrada es un lugar en el que se puede experimentar el paso del tiempo y la diversidad. Un espacio en el que el caos producido por el abandono humano o por la crisis de la línea recta, da paso a un nuevo orden, muchísimo más ligado a los tiempos de la naturaleza, tan invisibles hoy en las ciudades prósperas.

A diferencia de la idea de horizonte y su imagen apolínea, la quebrada no se mira desde afuera, sino que se experimenta siendo parte, como en un rito dionisiaco. Un rito no se observa; en un rito se participa.

Valparaíso horizonte y espejo crea una imagen hacia el mundo y hacia nosotros mismos. Una foto fija que nos condiciona, una postal que amamos y exhibimos orgullosos e inseguros de poder mantenerla como fue, si es que alguna vez realmente fue así. Tal vez podamos, foto en mano, adentrarnos en sus cerros, perdernos en sus sombras y aventurarnos a remirar esas imágenes. A verlas a través de los ojos de agua que aún brotan ocultos en las quebradas, irrigando en silencio la vida de esta ciudad.

Nicolás Eyzaguirre Bravo