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Así se vivió el cierre del #FIFV2018 en el corazón de Valparaíso
De los efectos por Catalina Mena
Carla Yovane es la ganadora de Visionado de Portafolio en #FIFV2018
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De los efectos por Catalina Mena

Por Catalina Mena

Por segundo año consecutivo he participado escribiendo el texto curatorial del Festival Internacional de Fotografía de Valparaíso (FIFV). Ya antes había asistido como público a algunas de sus exhibiciones, donde descubrí autores internacionales que no conocía –pues nunca he sido experta en fotografía—y cuyas visualidades, pensamientos y actitudes me abrieron el hambre por ver más y escuchar qué cosas se estaban diciendo desde la imagen fotográfica. También había visto los libros editados por el FIFV: raros, descalzados, poco convencionales, donde se mezclaba de un modo transgresor y culto a la vez (como el ‘rock sinfónico’, decía un amigo de Mendoza) la historia de la fotografía, sus momentos más punzantes, con miradas contemporáneas y ejercicios de encuadre que me descuadraban la cabeza. Hasta acá, una apertura a lo que podríamos llamar el archivo vivo de la imagen fotográfica, entendiéndolo como un campo con posibilidades y problemas propios.

Pero entrar, en 2017, a escribir el texto curatorial y a conversar con los autores de esta iniciativa fue otra cosa. Entonces me di cuenta de cómo el FIFV encaraba la fotografía. No me pidieron hablar de la disciplina, ni de las imágenes, ni de los autores, ni de las exhibiciones. Me pidieron que rodeara una pregunta: ¿A qué distancia miramos la diferencia? Se trataba de pensar en nuestra conflictiva relación con el otro diferente a mí y en todos mis prejuicios respecto a todo lo que es distinto a mí, en un contexto de hibridación de ideas y de cuerpos, y también de polarización y defensas de causas, y de un explosivo aumento de la inmigración que traía la diferencia a Chile.

La fotografía, entonces, como una práctica, una manera de relacionarse con lo otro. Ese año asistí al Festival para presentar el texto y fui testigo de lo que allí sucedía. Llegaban personas de todas partes del mundo y de distintas regiones del país: jóvenes, viejos, hombres, mujeres, hippies, hipsters, académicos, aficionados, profesionales. Todos se mezclaban con todos. Se armaban brigadas de fotógrafos que salían por la ciudad en busca de imágenes y que andaban en patota con botellas de agua mineral y latas de cerveza. En paralelo, fotógrafos extranjeros dictaban talleres en distintos puntos de Valparaíso; otros se metían en las casas de los porteños o en sus espacios públicos; se inauguraban exhibiciones en salas, plazas y calles, donde la gente se acercaba curiosa y se descubría a si misma retratada. Por las tardes había diálogos que se repletaban; mientras otros imprimían la revista del Fifv y hacían libros. A cualquier hora los mismos nos encontrábamos en escaleras y bares, pero era fijo juntarnos al almuerzo, en mesas compartidas situadas en terrenos que se convertían en comedores improvisados, donde un grupo de jóvenes alegres y de paciencia infinita revolvía ollas gigantes con lentejas o carbonada que distribuían a más las más de 100 personas que participábamos del festival. Es difícil que un plato de comida sea exquisito cuando se elabora tan masivamente: pero este era el caso, los almuerzos comunes (por los cuales no había que pagar) eran de una calidad extraordinaria.

Este año, 2018, volví para presentar el texto, que rondó en torno a la pregunta ¿El tiempo es una ilusión?, y ya sabiendo que no se trataba de hablar tanto de fotografía como de hablar “desde” la práctica fotográfica, invité a un físico, que habló de los misterios del tiempo desde la ciencia. Se generó una conversación curiosa, a ratos surrealista, pero que capturó la empatía de quienes estaban ese día ahí presentes. Y la conversación continuó, durante los días que permanecí en Valparaíso, para editar la revista de esta versión, que tiene más contenidos, entrevistas y textos. Fui parte de lo que los autores del FIFV llaman “trabajar en tiempo real”, esto es improvisando. Uno siempre piensa que no va a resultar, que todo se va a ir al carajo, porque todo está en estado permanente de construcción (o de ruina), pero llega el momento y resulta. Porque todos colaboramos y avanzamos. Esto es asunto de todos y de nadie.

En estos tiempos en que estamos enfermos de soledad, el FIFV es, sobre todo, un espacio de encuentro físico y de conversación. Un lugar de intercambios energéticos en torno a la imagen fotográfica ¿Qué se intercambia? El mirar, el sentir y el vivir. Nada menos. Hay algo profundamente amoroso en lo que se experimenta, una sensación de colectividad liviana y fluida que no solo se contagia a la ciudad y a la imagen fotográfica, sino que transforma positivamente a quienes participan de la experiencia.

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